jueves, 26 de agosto de 2010

De que me sirve

De que me sirve volver a amar, sino es tu cuerpo el que voy a sentir.
De que me sirve mirar a alguien, sino voy a poder sonreír cuando te vea.
Sino voy a poder besar su blanco cuello cuando me abrace.

De que me sirve pensar que mi corazón va a volver a acelerarse, a temblar por alguien, sino voy a sentirte llegar, ni verte partir.
De que me sirve suspirar cuando otro me llame, sino es tu voz la que voy a oír, sino es tu número el que voy a marcar.
De que me sirve soñar, si ya no vas a aparecer frente a mí.

Si sólo supieras lo que sufro por vos.
Si sólo vieras lo que es extrañar, lo que es amar.

De que me sirve recordar, si sólo el silencio puedo escuchar.
Ya ni tus pasos voy a ver.
Ya ni tu cara voy a recordar.
Tu cuerpo será una mancha en mi memoria, un dolor en mi alma, un sufrimiento en mi corazón.

Si sólo vieras lo que yo vi.
Si sólo sintieras todo lo que yo te amé, todo lo que viví.
Si sólo me vieras como te veo a ti.

De que me sirve ya respirar, sino es tu aliento el que voy a sentir a la noche al acostarme y dormir.
De que me sirve volver a amar, sino son tus manos las que puedo entrelazar.
De que sirve olvidar si estás acá atado en mi alma, en mi cuerpo, en mi corazón.

Si algún día vieras que mi dolor es por amor, que yo te extraño.
Si sólo vieras que no me sirve más mi corazón

viernes, 13 de agosto de 2010

Rosario


La mujer del tapado verde oliva tenía las botas embarradas, las acababa de lustrar. Poco a poco se estaba hundiendo en el piso enlodado, intentaba cambiar la postura de sus piernas buscando alguna zona del piso más seca pero lo único que conseguía era levantar barro con su taco de madera.
-No puedo creer cómo está todo tan embarrado- comentó- Ojalá deje de llover pronto, así no vamos a poder ver nada.
-En esta época del año siempre llueve. Es simplemente la llegada del invierno-le contestó su acompañante, mientras continuaba aguardando la llegada del colectivo debajo de un árbol que por suerte estaba aún tupido.
Él a ultimo momento había tomado la sabia decisión de ponerse el piloto azul que le habían regalado para Navidad, su único problema eran sus manos, estaban rosas y frías.
Nuevamente el silencio se hizo notar. Se quedaron sumidos en sus pensamientos, en sus fantasías personales.
-Ahí viene- dijo efusivamente mientras emanaba bocanadas de aire caliente en sus manos.
-Que suerte que no tuvimos que esperar tanto, nos hubiéramos congelado- le respondió aceptando la mano congelada de su compañero para poder subir al colectivo.
Él se agarro del pasamanos, tomó un envión y subió.   
-Dos por favor, vamos hasta Oroño y Córdoba.
Sacó la tarjeta de su pantalón y la pasó por la cuadrada máquina que la tragó gustosa para luego devolvérsela ya sin ningún uso.
Como un acto reflejo la volvió a guardar en el mismo bolsillo del pantalón. Caminó por el helado pasillo agarrándose del hierro frío que colgaba del techo para no caerse. Ella había elegido el antepenúltimo asiento, estaba pasando su mano enguantada por la ventana empañada, quería ver los barrios, las calles, la gente, hacía mucho que no volvía a esa ciudad.
Afuera todo estaba gris y triste.
El viento se filtraba por las ventanas, algunos asientos estaban mojados, era una heladera. Muy pocas personas viajaban con ellos.
-Por suerte existe la tarjeta y no tengo que usar tantas monedas- le comentó emanando vapor por cada palabra que salía de su boca.
Lo miró. Sus grandes ojos verdes resaltaban por la bufanda colorada. Hizo un movimiento sutil con la cabeza para asentir su comentario.
Aunque no vivía ahí sabía, por una amiga, que en esa ciudad el trasporte ya casi no se pagaba con monedas.
-Tengo las manos congeladas. Me olvidé los guantes sobre el escritorio- continuó diciéndole- Por más que las froto no entran en calor, son dos masas congeladas, creo que se me va a caer un dedo.
-Me doy cuenta, están bastante rojas. Mientas no se pongan moradas no tenemos motivo de alarma- le respondió a modo de broma.
La miró y sonrió, duro un segundo viéndola y enseguida quitó sus ojos, se ponía nervioso al hacerlo.
-Tengo estos guantes tejidos, eran de mi abuela, son los más abrigados- le siguió diciendo mientras le mostraba con orgullo y sonriéndole, sus guantes bordo.
-Que suerte, están muy lindos. En cambio los míos son viejos y …
Su frase quedo incompleta, fue sorpresivamente interrumpido.
Sintió la textura de la lana que le abrazaba las manos. Se puso colorado. Su corazón se aceleró. No dijo nada, simplemente la miró, contempló cómo con cariño ella le sostenía las manos, cómo compartía su calor. Todo dejó de estar gris y triste. Fue feliz, no sintió frío.


viernes, 16 de julio de 2010

Para calmar el alma

 
Estoy caminando sola por viejos caminos, por viejos recuerdos, queriendo desaparecer de todos.
Contemplo mi mano vacía, que sostiene el aire, que cae pesada.
Se siente la ausencia, se vive la ausencia.
El corazón está marchito, está frágil, se rompe poco a poco, se deshoja. Se llora tanto que los latidos asustan, latidos de dolor, de angustia, de lamento.
Se vive cada momento sin esperar el mañana, sin querer conocerlo. Se pierde el futuro y sólo se vive el pasado.
Se crea un mundo. Nos separa un mundo, un mundo que no elegí, que no busque.
Duermo sin soñar porque no siento la vida.
Se espera el sueño eterno para calmar el espíritu, para calmar el alma.