La mujer del tapado verde oliva tenía las botas embarradas, las acababa de lustrar. Poco a poco se estaba hundiendo en el piso enlodado, intentaba cambiar la postura de sus piernas buscando alguna zona del piso más seca pero lo único que conseguía era levantar barro con su taco de madera.
-No puedo creer cómo está todo tan embarrado- comentó- Ojalá deje de llover pronto, así no vamos a poder ver nada.
-En esta época del año siempre llueve. Es simplemente la llegada del invierno-le contestó su acompañante, mientras continuaba aguardando la llegada del colectivo debajo de un árbol que por suerte estaba aún tupido.
Él a ultimo momento había tomado la sabia decisión de ponerse el piloto azul que le habían regalado para Navidad, su único problema eran sus manos, estaban rosas y frías.
Nuevamente el silencio se hizo notar. Se quedaron sumidos en sus pensamientos, en sus fantasías personales.
-Ahí viene- dijo efusivamente mientras emanaba bocanadas de aire caliente en sus manos.
-Que suerte que no tuvimos que esperar tanto, nos hubiéramos congelado- le respondió aceptando la mano congelada de su compañero para poder subir al colectivo.
Él se agarro del pasamanos, tomó un envión y subió.
-Dos por favor, vamos hasta Oroño y Córdoba.
Sacó la tarjeta de su pantalón y la pasó por la cuadrada máquina que la tragó gustosa para luego devolvérsela ya sin ningún uso.
Como un acto reflejo la volvió a guardar en el mismo bolsillo del pantalón. Caminó por el helado pasillo agarrándose del hierro frío que colgaba del techo para no caerse. Ella había elegido el antepenúltimo asiento, estaba pasando su mano enguantada por la ventana empañada, quería ver los barrios, las calles, la gente, hacía mucho que no volvía a esa ciudad.
Afuera todo estaba gris y triste.
El viento se filtraba por las ventanas, algunos asientos estaban mojados, era una heladera. Muy pocas personas viajaban con ellos.
-Por suerte existe la tarjeta y no tengo que usar tantas monedas- le comentó emanando vapor por cada palabra que salía de su boca.
Lo miró. Sus grandes ojos verdes resaltaban por la bufanda colorada. Hizo un movimiento sutil con la cabeza para asentir su comentario.
Aunque no vivía ahí sabía, por una amiga, que en esa ciudad el trasporte ya casi no se pagaba con monedas.
-Tengo las manos congeladas. Me olvidé los guantes sobre el escritorio- continuó diciéndole- Por más que las froto no entran en calor, son dos masas congeladas, creo que se me va a caer un dedo.
-Me doy cuenta, están bastante rojas. Mientas no se pongan moradas no tenemos motivo de alarma- le respondió a modo de broma.
La miró y sonrió, duro un segundo viéndola y enseguida quitó sus ojos, se ponía nervioso al hacerlo.
-Tengo estos guantes tejidos, eran de mi abuela, son los más abrigados- le siguió diciendo mientras le mostraba con orgullo y sonriéndole, sus guantes bordo.
-Que suerte, están muy lindos. En cambio los míos son viejos y …
Su frase quedo incompleta, fue sorpresivamente interrumpido.
Sintió la textura de la lana que le abrazaba las manos. Se puso colorado. Su corazón se aceleró. No dijo nada, simplemente la miró, contempló cómo con cariño ella le sostenía las manos, cómo compartía su calor. Todo dejó de estar gris y triste. Fue feliz, no sintió frío.

Bien, bienvenida al mundo blogger con comentarios, ahora vas a leer muchos "aah, que lindo, re pase, agregame, ffeame, Ah Re", etc. pero esta bueno igual!
ResponderEliminarExcelentes trabajos, hay que compilar y hacer un libro ya sabes!
jlg